¿Madre hay una sola?

Por Marisol Andrés.

Breve recorrido por la historia de la maternidad en Occidente

Sostener la existencia de una “naturaleza femenina” asociada a conceptos tales como “instinto materno” y “amor maternal” conduce a percibir la maternidad desde una perspectiva biológica en la que su significado es considerado único e inmutable.

Si en cambio, la entendemos como una práctica cultural, tenemos la posibilidad de relativizar los lugares comunes y mandatos a los que se la asocia. Incluso puede ser pensada como una relación social, en la medida en que genera vínculos, prácticas, deseos, hace circular valores y creencias, y construye identidades.

Desde este último punto de vista, es posible afirmar que la noción de maternidad ha evolucionado a lo largo de la historia. Discursos, imágenes y representaciones han construido distintos imaginarios sobre la mujer-madre y las nociones de crianza. ¿Cuáles fueron los sentidos circulantes en la historia de la cultura occidental? ¿Cómo se han transformado? ¿Cuál es nuestro presente y nuestro horizonte?

Mirar hacia atrás como punto de partida

En la antigüedad la función materna estuvo muy presente en los mitos y fue objeto de estudio por parte de médicos y filósofos. Era considerada fuerza de vida y de renovación. Representaba la misión suprema de la mujer, su único destino y medio de realización personal. Para los griegos, el padre era quien engendraba y la madre cumplía sólo la función de nodriza. En palabras de Simone De Beauvoir:

“Consagrada a la procreación y a faenas secundarias, despojada de su importancia práctica y de su prestigio místico, la mujer no aparece ya sino como sirviente” (1970:37).

En la misma línea, los romanos desarrollaron una doctrina jurídica patriarcal en la que el padre tenía absoluto poder sobre los hijos. A la mujer sólo le correspondía el embarazo y el parto. Luego el cristianismo dio lugar a un nuevo padre patriarcal, el creador todopoderoso, mientras que las representaciones de la maternidad se configuraron alrededor de dos figuras: Eva y María. Gracias a ésta última, se estructuró la conciencia materna en Occidente.

A partir del siglo XII, el amor materno y la consagración total al hijo se convirtieron en valores para la sociedad. La mujer mantenía un rol subordinado a su función reproductora. Ya en el siglo XVIII la Revolución Francesa limitó el poder paterno y matrimonial y ayudó a las mujeres a tomar conciencia de su condición de ciudadanas, pero en nombre de su capacidad procreadora, invalidó sus derechos civiles (se prohibieron las sociedades femeninas).

Hasta la segunda mitad del siglo XX el amor materno fue glorificado. Bajo la idea de que los niños serían el futuro del mundo, y debido a las altas tasas de mortalidad infantil, se promovió el cuidado de la madre y del feto durante la gestación. Además, comienza a identificarse maternidad con crianza.

En Estados Unidos surge el culto a lo doméstico mediante el concepto “esposa dueña de casa” (housewife). Son ellas quienes defienden su valor como encargadas de la crianza de los futuros ciudadanos. Su deber consiste en apoyar moral y emocionalmente a esposos e hijos.

Posteriormente, las mujeres comenzaron a cuestionar muchos de los principios que regían sus vidas. Los estudios de género, la teoría y los movimientos feministas influyeron en la disociación creciente entre la figura de la madre y la mujer. Además, esta última ingresa y se afianza en el mercado laboral y con ello, posterga el momento de la gestación y disminuye el número de hijos. El uso masivo de métodos anticonceptivos contribuyó a que la maternidad dejara de ser ley natural para convertirse en una elección.

¿Madres modelo o modelos de madre?

Como se mencionó con anterioridad, durante el prolongado período de idealización de la maternidad –que aún existe en ciertos sectores de la sociedad– se evidenció la identificación entre mujer y madre. Dos caras de la misma moneda con un destino ya escrito. De esta identificación surgieron al menos tres creencias/mandatos. La maternidad debía ser: exclusiva, intensiva y omnipotente.

Según la primera de ellas, la figura materna representa una presencia irremplazable en la experiencia temprana de la criatura, mientras que el padre no tiene mayor importancia. De esta idea, se desprende la segunda creencia: la maternidad intensiva implica dedicación total y subordinación de los propios deseos. Y a partir de ella, llegamos a la idea de la madre omnipotente en el cuidado de la familia, responsable tanto de los buenos como de los malos resultados de la crianza.

Es importante destacar, que aunque las sociedades han avanzado en la deconstrucción de la idealización que recae sobre la capacidad reproductora femenina, muchas mujeres aún cargan sobre sus hombros con la presión incorporada ancestralmente que las obliga a cumplir con un mandato de forma exclusiva, intensiva y omnipotente, a la vez que intentan desarrollarse profesionalmente. ¿Qué consecuencias acarrean estos modelos maternales impuestos?

Quienes trabajan por fuera del hogar, deben enfrentarse al estereotipo de “mala madre” que no cumple con lo que se espera de ellas en cuanto a la crianza de sus hijos. Pero también deben afrontar las barreras internas que les impiden alcanzar cargos jerárquicos en sus puestos de trabajo –techo de cristal– debido al rol maternal que ejercen o que pueden llegar a ejercer en el futuro.

Es decir, madres o no, las mujeres corren con desventaja en el mundo laboral desde el minuto cero. Por lo tanto, se tienen que esforzar más que sus pares hombres, de la misma manera que se espera de ellas un compromiso mucho más profundo en su rol materno que el que se espera de los varones-padres.

Algunas consideraciones finales

Es indudable, que la maternidad ha sido a lo largo de la historia “la investidura más poderosa para la autodefinición y autoevaluación de cada mujer, aún de aquellas que no son madres” (Molina, 2006), algo así como la vara que mide qué tan mujer es una, que tan realizada está y que tanto ha cumplido con su “destino” biológico.

Afirmar que “no es lo mismo la maternidad como hecho biológico (embarazo y parto), que las dimensiones sociales, económicas, políticas e, incluso, religiosas, de la maternidad, entendida también como crianza de los hijos” (Cid López 2002: 14) y aceptar la existencia de una dimensión histórica, permite pensar en un futuro diferente. Si el sentido circulante sobre la mujer-madre, la procreación y la crianza no es biológico, entonces es posible configurar nuevos significados sobre estas nociones.

En este sentido, y a la luz de los cambios sociales que acompañan algunas normativas, –como la Ley de Matrimonio Igualitario y la Ley de Identidad de Género en nuestro país– resulta preciso hablar de maternidades diversas. De modos personales de experimentarla y ejercerla. De modos políticos de desandar un camino de opresión que encorsetó el deseo femenino y les impuso a todas normas y estilos de vida únicos.

Resulta indispensable avanzar hacia maternidades deseadas (esto incluye la legalización del aborto para todas aquellas personas gestantes que decidan interrumpir sus embarazos), tareas de cuidado compartidas que permitan a las mujeres desarrollarse profesionalmente sin colapsar en el intento de ser también madres full time, y el desarrollo de políticas públicas que garanticen licencias más largas (también para los permisos paternales) y guarderías infantiles públicas.

La igualdad sólo será posible cuando las mujeres puedan al mismo tiempo ser madres y profesionales económicamente independientes sin necesidad de convertirse en superwoman: esa heroína moderna –al servicio del más salvaje capitalismo patriarcal– que tiene que poderlo todo, aunque deje pedazos de su vida en el intento.

Material de consulta:

2018-10-18T14:46:56+00:00