El cuidado en tiempos de COVID-19

Reflexiones sobre crianza y tareas de cuidado durante el aislamiento social.

Las nuevas tendencias del teletrabajo requieren de nuevos acuerdos entre los grupos de trabajo para alcanzar los resultados y no morir en el intento.

 

Por Paz D’Urbano*

A continuación se presentan algunas de las reflexiones de los encuentros virtuales realizados durante el mes de abril del año 2020, con el objetivo de discutir las circunstancias particulares de la crianza en contexto de coronavirus. 

Distribución de tareas domésticas y de cuidado con pareja y personas convivientes, y por otro lado avatares de quienes crían en soledad: 

Acuerdos de convivencia

Es  importante destacar que, aunque reconozco la pluralidad de posibilidades en relación a modelos de parejas, convivencias, cuidadores y xaternidades, me centraré en dos espacios que fueron los que se conversaron en mayor profundidad durante los encuentros, que son mujeres en pareja y mujeres criando solas. 

En relación a las crianzas en convivencia, se puso de manifiesto la necesidad de visualizar los acuerdos implícitos en las parejas. En tiempos normales, donde cada quien puede cumplir con sus quehaceres cotidianos con normalidad, sean los que fueran, estos acuerdos no suelen ser tan evidentes ni manifestarse salvo que generen incomodidad. Una pareja que de manera conversada o tácita distribuye las tareas del hogar y lo incluye dentro de su rutina, lo normaliza y deja que sea parte de la convivencia cotidiana.

Lo que sucedió en esta coyuntura que estamos atravesando es que muchas de estas cuestiones que normalmente estaban atribuidas a una de las personas en convivencia, se tornaron mucho más pesadas, y se le sumaron otras tantas cuestiones que por complementariedad se asocian a las tareas previamente adjudicadas.

La propuesta tiene que ver con revisar estos acuerdos, con reconocer las tareas y lo que implican, la carga que generan y cómo distribuyen el tiempo para las mismas, y para todo lo demás.

Se escucha en los medios la queja masiva de madres (generalmente) en relación a la tarea que mandan de las escuelas para que los/as niños/as no pierdan lo que llaman “continuidad pedagógica”. No ahondaremos en la implicancia de esta solicitud a las familias, que sería algo así como que los/as niños/as sigan aprendiendo lo mismo o algo parecido a lo que aprenderían si siguieran teniendo clases normalmente, lo dejamos para otra nota, pero sí nos detendremos en que quienes se quejan, son quienes tomaron el rol de sostener la escolaridad de los/as niños/as, de ser además de madres docentes, y de dedicar el tiempo a las tareas mucho más exigidas que las de costumbre. 

¿Y por qué será que son en su mayoría las madres quienes se sentaron a ver las tareas y trabajos prácticos que les mandaron, ocupándose de que los realicen en tiempo y forma y además aprendiendo el contenido que se requiere? ¿Quienes hacían las tareas con los niños y las niñas antes de la cuarentena? 

Si ya éramos las madres, la lógica indica que serán ellas quienes tomarán esta misión de ser docentes caseras. 

Algo parecido pasa con las compras de subsistencia, esto de que ya no compramos al día o vamos al super a pasear el fin de semana, sino que tenemos que organizar todo de otra manera para garantizar que la heladera esté lo más llena posible. Sea cual sea la estrategia, lo más probable, es que sea la misma persona que tenía en la cabeza quien se había terminado el papel higiénico y pasaba por el almacén a la salida del trabajo la que se ocupará de armar el sistema de compras en cuarentena. 

Carga Mental

Podría seguir poniendo ejemplos, pero creo que a lo que nos lleva todo esto es a visualizar la carga mental que tenemos en general las mujeres que nos ocupamos de un casa, de una familia, de niños/as. 

La carga mental es una de las patas del trabajo no remunerado del que tanto se habla: cuando decimos que es trabajo no remunerado, no hablamos solamente del aseo y la limpieza (que son parte y no se los menosprecia en absoluto) hablamos de la enorme cantidad de tiempo que usamos las mujeres para pensar en todo lo que debe pasar para que la rueda siga girando. Turnos médicos, tareas de colegio, compras de la casa, ropa que queda chica, regalos para los cumpleaños, visitas a familiares, salidas de fin de semana, horas de pantalla, etc. 

Todas estas cuestiones son parte fundamental y necesaria, pero a la vez extenuantes, cargadas de estereotipos y mandatos sociales. 

Muchas veces escuchamos de boca de parejas o hijos/as “es que no me dijiste que tenía que hacer…”. Esto es porque se presupone que quien comanda las actividades y tareas domésticas es siempre la misma persona, generalmente las mujeres, y predispone al resto a ocupar lugares pasivos respecto a estas tareas. La demanda es enorme ya que cualquier falla, la cometa quien la cometa, es siempre culpa de ella. 

Que las mujeres somos mejores para hacer varias cosas al mismo tiempo, que la limpieza, la estética, el orden tienen carácter femenino, que mucho de esto está en la dimensión de lo placentero y no de la obligación, que lo hacemos mejor que cualquier otro/a, son herramientas de dominación y anclaje en modelos comunes dañinos y peligrosos. 

Es importante siempre revisar acuerdos, y saber que no existe cosa tal como que los/as otros/as no pueden hacer las cosas que una hace, o que no pueden hacerlo igual de bien. Lo importante es reconocer el nivel de carga, y poder sacarse algo de peso de los hombros, sobre todo en un contexto como este que los ladrillos nuevos de obligaciones que se sumaron a la mochila de las cargas femeninas están hundiendo a muchas en desesperación y ansiedad al no poder barajar todo al mismo tiempo. 

Somos personas, merecedoras de espacios de desahogo, merecedoras de espacios de ocio, y capaces de poner un freno para revisar y restablecer las condiciones de vida que deseamos.

 

Hogares monoparentales

En el caso de las mujeres que crían solas, surgieron algunas cuestiones que creo sumamente interesantes para destacar. 

Por un lado, el reconocimiento de los sistemas externos de cuidado, de las redes de contención y la posibilidad de recurrir a terceros para acompañarse en la crianza. El aislamiento social obligatorio evidencia la importancia de estos sistemas, y de cómo cuestiones que en la cotidianidad son parte de la costumbre, en este contexto son sumamente complejas y pesadas. 

No poder compartir el cuidado con alguien más implica un nivel de demanda muy alto, que desgasta, genera culpa y angustia, pero que en la vida normal se va tramitando a base de redes de sostén. Abueles, tíos/as, amigos/as, van formando parte para que la madre tenga momentos para sí misma, espacios de ocio y de distensión por fuera de las funciones maternas. 

Hoy, estas madres no cuentan con esos espacios, y esto genera angustia. 

Además invita a revisar los acuerdos establecidos (o no) con los progenitores, ya que, además del tiempo físico, está el económico, y nadie queda exento en estas circunstancias de replanteos económicos. 

Una de las cuestiones que surgió y tuvimos la suerte de contar con una abogada especializada en la temática, es la visibilización de los distintos tipos de violencia que se ejerce sobre las mujeres, en este caso, la económica. 

Alguien preguntó qué se puede hacer para acompañar a las mujeres que quedan en estos lugares tan complejos, y la respuesta es dar lugar al desahogo, a la reflexión conjunta y a la asesoría. Hay espacios de ayuda, hay que buscarlos y acercarlos a quienes los necesitan. 

Qué les pasa a los niños y niñas

Por último, me gustaría comentar algo que también surgió pero que no llegamos a conversar en profundidad, y es la capacidad de visualizar qué sucede con los/as niños/as, y qué sucede con nuestra propia angustia en este contexto. 

Los niños y niñas están siendo privados de muchas cosas, de cosas además que conformaban la normalidad en su vida, y esto es siempre doloroso. Lo importante es la capacidad de ver qué sucede con ese dolor, si están pudiendo canalizarlo, y encuentran algún espacio para liberar la angustia y preguntar lo necesario para no quedar en las sombras de los acontecimientos. 

También nosotras nos merecemos estos espacios, momentos de ocio, de dispersión, de angustia y de soledad. Hay que encontrarlos, hay que generar nuevos acuerdos con nuestros/as convivientes y no dejar de lado nuestras propias necesidades en función de satisfacer las otras.

 

*Paz D´Urbano es Psicóloga diplomada en género y especialista en infancia y adolescencia. Trabajó mucho años en el ámbito educativo y hace dos años comenzó a enfocarse en crianza con perspectiva de género en clave feminista, realizando talleres, seminarios y conversatorios, a la vez que continuó formándose académicamente al respecto.