Mujeres en altas esferas del poder: ¿un salto de fe?

Por Camila Pereyra de la Sovera

La participación política de las mujeres ha aumentado a nivel mundial, sin embargo, todavía estamos muy lejos de alcanzar la paridad de género en órganos de gobierno. En la actualidad, sólo diez países están presididos por una Jefa de Estado y trece tienen Jefas de Gobierno electas, mientras que 119 países nunca han sido presididos por mujeres. Según ONU Mujeres, al ritmo actual, la igualdad de género en las más altas esferas de decisión no se logrará por otros 130 años.

Si observamos la composición de cargos de los siguientes niveles jerárquicos, la situación apenas mejora. El 21% de quienes ocuparon ministerios fueron mujeres y, actualmente, sólo el 25% de los escaños parlamentarios nacionales están ocupados por mujeres, porcentaje que aumentó desde el 11% registrado en 1995. Siguiendo las proyecciones de ONU Mujeres, la paridad de género en los cuerpos legislativos nacionales no se logrará antes de 2063.

Si bien las leyes de cupos o cuotas, implementadas cada vez en más países, son una importante medida para favorecer la participación política de las mujeres, muchas veces en la práctica se realiza lo mínimo indispensable para cumplir con las formalidades establecidas. Es así como, respetando la alternancia que se debe dar entre varones y mujeres en las listas, la mayoría de las veces quienes las encabezan son varones, quedando las mujeres circunscriptas a los cargos de vice. De esta forma, ante diversas situaciones de escándalo público que llevaron a la renuncia de quienes ocupaban los cargos de mayor jerarquía, han sido las mujeres que ocupaban puestos de menor rango las que han tenido que asumir las responsabilidades.

En algunas situaciones, su asunción se dio por ser las sucesoras legítimas en función de sus cargos previos. Tal es el caso de Lucía Topolansky que en 2017 se convirtió en la primera vicepresidenta de Uruguay por ordenamiento constitucional, tras la renuncia de Raúl Sendic ante las acusaciones de mal manejo de fondos públicos.

En otras ocasiones, la designación fue una decisión tomada por parte de los órganos de decisión y gobierno. Los dos casos más recientes son el de la nueva ministra de salud argentina Carla Vizzotti y la nueva presidenta del Comité Organizador de los Juegos Olímpicos Tokio 2020, Seiko Hashimoto. En el caso del Ministerio de Salud de Argentina, la actual ministra -ex secretaria de Acceso a la Salud- fue electa por el presidente Alberto Fernández tras la renuncia de Ginés González García a raíz de un escándalo por la provisión de vacunas contra el COVID-19 por fuera del esquema previsto en el Plan Estratégico de Vacunación. En el caso de Japón, Yoshiro Mori era el responsable de la organización de los Juegos Olímpicos pero debió renunciar tras comentarios sexistas que provocaron indignación generalizada.

Asimismo, yéndonos un poco más atrás, en el año 2013 Avril D. Haines -ex asesora legal de la Casa Blanca- fue la primera mujer en asumir el cargo de subdirectora de la CIA, tras la renuncia de Michael Morrell en medio del conflicto por el plan de espionaje masivo en Internet que realizaba dicha organización.

¿Por qué se da la designación de una mujer en estos casos?

En el caso del Comité de los Juegos Olímpicos de Tokio es aún más evidente el cambio de imagen que se busca impulsar tras el escándalo por comentarios sexistas. El expresidente del Comité sugirió tras su renuncia como sucesor a Saburo Kawabuchi, antiguo gran jefe del fútbol japonés, mientras que una fuente implicada en la organización de los Juegos declaró al diario Asahi: “No pienso que nominar a un hombre viejo como él va a convencer al público”.

En los otros casos, si bien el escándalo no se dio por cuestiones de discriminación de género, podemos pensar que la designación de una mujer implica, de todas formas, un cambio de cara. Mientras que los varones, de acuerdo a los estereotipos de género y los imaginarios sociales, están asociados a la actividad, la racionalidad, el poder -incluso abuso de poder-, la fuerza la dominación y la ambición; a las mujeres se las asocia con la sentimentalidad, la empatía, el trabajo en equipo, la fragilidad, la bondad, el cuidado y la transparencia. Es así que, a través de estos atributos asignados a cada género, se produce una asociación simbólica por la cual el poder público y jerarquizado queda asignado a los varones, a la vez que las mujeres quedan más relegadas al mundo privado de las tareas domésticas y de cuidado. Sin embargo, al momento de producir un viraje en cuanto a la imagen y opinión pública de un cargo que ha quedado deslegitimado por acciones que produjeron descontento social, la asunción de una mujer vendría a reinstalar las ideas de transparencia y cuidado perdidas. Es decir, desde una actitud de sexismo benevolente, se busca utilizar atributos supuestamente positivos asociados a las mujeres con la finalidad de limpiar la imagen de un cargo político que quedó desacreditado.

No se trata de que las mujeres no estén preparadas para ocupar esos cargos y lleguen a ellos sólo por la razón antes mencionada, sino todo lo contrario. Son mujeres que, al igual que la mayoría de las que ocupan cargos jerárquicos a nivel mundial, están sumamente calificadas dado que a ellas se les exige más que a los varones. El problema es que, llegar a los puestos de poder en estas condiciones, lejos de constituir un avance en sí mismo hacia la paridad de género, constituye una estrategia desigual en la cual las mujeres que asumen lo hacen en condiciones que distan mucho de ser las ideales. Llegan al cargo cuando el mismo está totalmente deslegitimado y no hay mucho margen de acción. Es decir, les asignan una tarea prácticamente imposible. La famosa metáfora del acantilado de cristal con la cual se hace referencia a las mujeres que están en lo mejor de sus carreras y se les ofrecen proyectos en situaciones críticas que tienen grandes posibilidades de fracasar, explica bien la situación.

A modo de ejemplo podemos retomar el caso de los Juegos Olímpicos. Seiko Hashimoto asume en medio de la polémica con el inmenso desafío de organizar un evento que no se sabe siquiera si se llevará a cabo y que tiene a un gran porcentaje de japoneses/as en contra. Asimismo, las palabras de la vicepresidenta de Uruguay Topolansky al asumir ilustran esta idea: “Yo aterrizo en esta responsabilidad en la mitad de un período, lo cual no es lo mismo que planificar un período entero”.

En conclusión, no sólo estamos lejos de alcanzar la paridad de género en cuanto a cargos de representación política -principalmente de altos rangos-, sino que además muchas de las mujeres que acceden por primera vez a estas posiciones lo hacen en una situación muy desfavorable, en la que cargan con la responsabilidad de mejorar la imagen política, y deben afrontar y liderar decisiones y proyectos deslegitimados.

*Ilustraciones y animación por @bonardi.luli

 

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